Jul 15, 2007

Tour Gastronómico 2007

En estas vacaciones organizamos (mi familia y yo, usado en la misma manera que "Michael Jordan y yo anotamos 30 puntos por partido") un tour gastronómico a lo largo del sureste mexicano. El tour comenzó el viernes pasado que salimos de Querétaro con destino a la ciudad de la esperanza (donde uno tiene la esperanza de que no le toque mucho tráfico, tiene la esperanza de que no lo asalten, tiene la esperanza de que no lo violen, etc.) para dejar encargados a mis perros con mi tía Laca.

El día siguiente, con energías totalmente renovadas nos trepamos al coche a las seis y media de la mañana y partimos hacia Campeche. La salida del viaje fue atrabancada porque a la salida de México están construyendo algo que tiene cara de tercer piso, imagino que Ebrard quiere ir por la presidencia de la república y no va a dejar que ningún segundo piso lo humille.

Una vez saliendo a carretera nos dimos cuenta de que el viaje es muchísimo más caro que antes, debido a dos cosas, primero que hay varias casetas de más de cien pesos a lo largo del camino y segundo que donde antes había una sola caseta ahora hay dos; pero no todo es tristeza porque uno de los tramos más caros cuesta tanto dinero porque es dos por uno, verán, además de carretera sirve como montaña rusa porque parece que desde que la construyeron no han tapado ni un solo bache.

Una vez que terminó el viaje de catorce horas cenamos en casa de mi tío Chacho unos panuchos (como sopes de pavo en tortilla suave y gordita). Al día siguiente comimos una mariscada deliciosa en casa de mi tío Pancho, tenía enormes cantidades de camarón, pulpo, una cosa que parecía moco con semillas, almeja, etc. y terminando partimos hacia Mérida para que mi madre regresara a su tierra natal (y, mucho más importante, para seguir comiendo).

El primer día fuimos al centro a conocer, mi mamá nos guió por varias calles chiquitas hasta llegar a una que ella creía reconocer. Nos estacionamos entre dos coches y mi mamá se bajó a preguntarle a un monito que estaba ahí cerca si podíamos dejar el carro ahí. El monito empezó a decirle que él trabajaba para una empresa de seguridad, que él tenía los pantalones ahí, que lo que él dijera se hacía, etc. Al final le dijo a mi mamá que si quería podía estacionar el coche frente a la puerta que estaba cuidando "porque los policías vienen y se llevan los coches". Nos fuimos a caminar por ahí y cuando regresamos nos dimos cuenta que el monito ya no estaba, que había un coche tapándonos la salida y que todos los que estaban estacionados en la banqueta seguían ahí. Cuando mi papá encendió el coche salió el cuidador bastante borracho por su propina
- Qué bueno que me lo dejó jefe [hic], porque vino la patrulla y je lo quería llevar...
- Pues sí verdad, mejor lo hubiera dejado como todos los otros que ahí siguen
- Bueno... pero... bla bla bla
No estoy seguro por qué, pero todos ibamos de mal humor y para terminarla de amolar alguien nos gritó que se nos ponchó una llanta.
- Fue culpa de tu papá que pasa por todos los baches
- Seguro fue en la carretera, yo oía que se salía el aire
Bueno, cosa de ponerse a cambiar la llanta. Mi papá saca todas las herramientas, el manual, la tuerca de seguridad, etc. y monta su tienda de hombre herramienta. Nadie le dijo que el coche tiene unos taponcitos de plástico que se atoran con las llaves al sacarlo y nuestra única llave quedó inutilizable.

Pasamos al plan B que era llamarle al seguro, pero resulta que no teníamos el número, por lo que pasamos un buen rato mientras interrogaban a mi apá para sacarle dónde nació, su nombre completo, el número de serie del coche, cómo está vestido, si es soltero, etc. hasta que por fin nos mandaron a un yucateco sumamente amable que también perdió su llave de cruz al intentar sacar el segundo taponcito. Por suerte el yucateco traía pinzas y se puso a pelear con sus herramientas hasta que por fin pudo cambiar la llanta, la parte más interesante del cambio fue
- Esperame tantito, necesitas una llave especial para sacar la tuerca de seguridad
- Ya la saqué, no estaba bien puesta, seguro se la quitaron en el taller para medirle las llantas
Más adelante aprendimos que nuestro amigo el de la agencia de seguridad en su estupor alcohólico había decidido que era muy divertido bajarle el aire a las llantas, porque la llanta no tenía ninguna ponchadura. Cuando menos continuamos el tour gastronómico en un mercado de ahí cerca donde comimos salbutes (véase: panuchos).

Como nota aparte, los yucatecos son personas extremadamente amables, todos los que atienden una tienda lo hacen con una sonrisa y si alguien ve que estás perdido en la calle se acercan a ayudar, por eso es una sorpresa que todos conducen como idiotas. Cuando estuvimos ahí vimos toda clase de maniobras de conducir, desde el que se pone en el carril de la derecha (en una calle de cinco carriles) para dar vuelta a la izquierda hasta el que tiene una camioneta pero conduce como si fuera en vocho.

En Mérida nos hospedamos en un hotel que desde afuera parecía de cinco estrellas. Entrando tenía una computadora (muy importante) que podían utilizar de manera gratuita los huéspedes del hotel (pero que siempre estaba siendo utilizada por una gordita de camisa roja, en los tres días que estuvimos jamás vi que se despegara de la máquina o que se cambiara de ropa). Pasando la computadora había un jardín muy bonito que tenía algunas bombas de agua antiguas y al centro una alberca enorme. Todos estabamos muy contentos de haber seleccionado ese hotel (ya que lo había seleccionado mi madre porque era el único que aparecía en internet, no porque supiera cómo era).

Todo era muy bonito por fuera, pero los cuartos son otra historia. Aparentemente el arquitecto que diseñó los cuartos decidió que el mexicano promedio mide un metro veinte, por lo que todo tiene esa altura, si alguien que por azares del destino mide metro y medio quiere pasar a bañarse, se va a pegar en la cabeza con el tubo. Después nos dimos cuenta de que la televisión no tenía control, así que en lugar de ver tele nos acostamos a dormir.

El próximo día en la mañana fuimos a desayunar en el mismo mercado y probé una torta de lechón que estaba buenona pero no era ninguna maravilla, lo que sí estaba increible eran los jugos, te los dan en una copa enorme y todos deliciosos, además de que habían de varias frutas exóticas (mamey, pitaya y otras de las que no recuerdo el nombre y probablemente tampoco lo podría pronunciar). En la tarde hicimos un viaje por el Paseo Montejo, la calle más importante y lujosa de todo Mérida. La avenida emipeza con el Monumento a la Patria, una fuente en la que está grabada (con mucha imaginación) toda la historia de México; a lo largo de la avenida hay casas enormes, bancos y hoteles; terminando la calle está el monumento a la libertad (o algo similar) que tiene la forma de una amígdala infectada. En la noche fuimos a cenar a un restaurantito donde probé los papadzules (tacos de huevo duro con una salsa verde muy rica).

Al próximo día desayunamos en un hotel bien fresón porque mi hermano le había salido un salpullido raro y tenía unos piquetes morados en los dedos que no queríamos que empeoraran con el sol. Más tarde nos fuimos al puerto de Progreso. Aquí es un buen lugar para mencionar el increible optimismo de nuestros compatriotas del sur al nombrar un puerto que parece que tiene quince años sin que alguien invierta un peso en él "Progreso". En la carretera también vimos otra ciudad llamada Paraíso, pero a esa no fuimos.

El último día en Mérida fuimos a comer a un bar familiar (una tradición Yucateca, dice en la entrada) llamado Eladios, entrando hay una bomba que no recuerdo bien pero va más o menos así:
Como soy Yucateco
Dicen que tengo la cabeza grande
Pero si así tengo la cabeza
Cómo tendré el corazón
Por suerte Eladios es muchísimo mejor haciendo comida yucateca que bombas yucatecas y en su restaurante comimos la cochinita más rica que yo jamás haya comido, además de que como tienen varios antojitos probé el Brazo de Reina (también conocido como Brazo de Mestiza), unas tostaditas con salsa de tomate, más salbutes, tamales colados, etc.

El miércoles decidimos regresar a Campeche porque mi tío Pancho nos había prometido llevarnos al Naútico el jueves y hubieramos tenido que levantarnos muy temprano si hubieramos viajado el mismo jueves. Al llegar a Campeche se soltó la lluvia y fuimos testigos de uno de los choques más terribles que haya sucedido en la ciudad de Campeche en toda su historia: un camión de Pepsi le pegó a un taxi y lo subió a la banqueta, a los cinco minutos ya estaban las cámaras de televisión.

Por desgracia no habíamos podido conseguir reservación para esa noche, por lo que tuvimos que hacer un viaje turístico por los cuatro hoteles de Campeche que conocía mi mamá. El primero que visitamos fue el Plaza Campeche, en ese se bajó mi papá a ver si habían habitaciones, tan pronto lo vio la señorita le dijo que él no estaba interesado en este hotel sino en uno un poco más barato. Terminamos quedándonos en un hotel de por ahí cerca que encajaba un poco mejor con nuestros shorts rotos.

El siguiente día fuimos al Naútico, que es un club donde hay una alberca gigante, tiene playa, puedes salir en bote, tiene hamacas, tiene canchas de basket y tenis (a las que jamás he ido) y varias cosas maś. Como nos llevó mi tío Pancho nos fuimos a dar una vuelta en su nuevo bote, aquí es muy importante saber que el bote tiene toldo para aguantar el calor, pero precisamente a mi me tocó el único asiento que no estaba cubierto, cuando regresamos sentía que las patas me palpitaban del calor. Salí corriendo a la alberca donde cuidamos (entre mi mamá, mi tío Pancho, mi tía Salime y yo) a los tres nietos de mi tío Pancho que tienen complejo de volador de papantla / buzo.

Después de eso fuimos a comer pero yo empecé a sentirme un poco mal entonces no comí nada. Regresamos a casa de mi tío Pancho y yo me sentía bastante mal entonces me acosté a dormir, para hacer la historia corta a las once de la noche estaba en el Hospital Campeche con treinta y nueve grados de calentura y en la tarde había estado mucho más caliente (cuiden a sus novias, amigas y hermanas). Resulta que me recetaron toda la farmacia para bajarme la temperatura y para combatir una traqueo-blabla-itis.

El viernes fue muy poco interesante para mi (y gracias a mi para todos los demás) porque estuvimos rostisándonos en la casa de mi tío Chacho porque no podía salir a ningún lugar. El sábado y domingo fueron de viaje con escala en México para recoger a los perros.
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