Oct 17, 2006

Lana Sube, Lana Baja
Por: Magus

Concha está dando la vuelta de la esquina. Trae puesto un asqueroso sweater de lana color rosa mexicano y un sombrero color hoja seca. Corro a la ventana. La veo a lo lejos como una silueta redonda tambaleandose sobre el pavimento. No me gusta acercarme a ella porque en clase vimos las leyes de Newton y estoy seguro que si me junto demasiado me voy a quedar girando a su alrededor.


Ya le tenía tirria a la pinche vieja desde hacía tiempo. El primer día que me vio me apagó un cigarro en la cara – Es que estás bien chaparro, te confundí con un gnomo de jardín –. Pero la semana pasada se pasó de culera. Yo había sacado a pasear a piojos. Le quité la correa para que corriera un rato. Concha venía manejando su vocho, tenía los ojos de un carnicero al que le acaba de llegar un cochino. Centró a mi perro y le dio en la madre.


Pero todo se te regresa. Al atropellarlo, algún pedazo de mi perro le fregó el coche. Lo tuvo que mandar a reparar y es por eso que hoy en la mañana tuvo que irse caminando y le pude quitar las llaves de su casa.


Ahora Concha camina de regreso. El sol la enrojecía y yo juro que olía a carnitas. Caminaba tan lento que tuve tiempo de recorrer sus lonjas. Conté cuatro antes de decidir que era un pecado de la moda usar ombliguera cuando estás tan aguada.


Por fin llegó a su casa. Mete la mano en su bolsa y no encuentra las llaves. Me cago de risa. Han pasado unos diez minutos, al parecer no tiene crédito porque marcó un número y después se enputó y azotó el celular. Ve al otro lado de la calle, midiendo la distancia hasta el centro comercial para conseguir un cerrajero. Decide que las piernas ya no le dan para caminar hasta allá y voltea hacia la puerta de su casa y luego hacia el pirul que termina en el balcón. Comienza a escalar.


¡Gorda pendeja! Yo intenté escalar el árbol cuando se me voló una pelota y me costó un chingo de trabajo llegar hasta arriba. Hubiera podido recuperar mi pelota si no fuera porque Concha me tiró un balde de agua hirviendo. Además terminé todo raspado ese día, pero es que yo llevaba short. Fue hasta entonces que me llegó la horrible realización de que se había puesto una falda. Creo que tiene seis nalgas, todas ellas llenas de estrías. Voy al baño a vomitar. Cuando regreso ya llegó la ambulancia.


Salgo y le digo a un paramédico que encontré una llave tirada cerca de donde cayó la gorda – seguro se cayó de su bolsa – apuesto a que cuando le digan se pone a chillar del coraje.

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