Apr 26, 2006

Historias De Un Nuevo Continente
Por: Magus

Cruzas la puerta de entrada y te diriges a tu coche al paso más rápido que puedes. No quieres quedarte a que te fastidien un rato más. Abres la puerta y te metes. Enciendes el motor y prendes los limpia parabrisas para quitar los trozos de mandarinas y otras frutas que te avientan mientras sales. Cruzas la reja de la escuela y un par de cuadras más allá te detienes en un alto. Cambias el radio, pero la mayoría de las estaciones no las puedes sintonizar desde que te robaron la antena, las demás tienen fresirock y no andas de ese humor. Te fijas en que ya casi no tienes gasolina.

Se acerca un tipo. Está lleno de aretes, anillos y tatuajes por todas partes (O lo que parece todas partes, no quieres ni imaginar). Colgando en el pantalón unas cadenas. Le haces una seña con la mano para que no limpie el cristal pero hace como que no estaba viendo y se monta en el cofre, escuchas como raya toda la pintura mientras echa un líquido que alguna vez fue agua sobre el parabrisas y luego lo quita con una esponja. El parabrisas quedó igual de limpio (o sucio) que antes pero aún así se acerca por una moneda y entre aretes y tatuajes no tienes más remedio que dársela.

Pasando el alto das vuelta a la izquierda y una camioneta se te cruza desde el tercer carril y el conductor te pinta dedo y grita gemidos ininteligibles mientras se aleja. Te metes a la gasolinera y te bajas del coche. Frente a ti un hombre delgado, de bigote cortado con un letrero en el pecho que dice José te pregunta de cuál quieres. Le dices que lo llene de la verde. Comienzan a hablar de como los camioneros no tienen madre – Nada más fíjese galán, casi atropellan a esa doña – y señala hacía la calle. Ves un par de camiones y una masa de pelo y sudor frente a la parada, pero no puedes encontrar a la señora.
– Ya estuvo galán, lleno de la roja. Son trescientos cincuenta.
– No mames, te dije que de la verde

Se te queda viendo. Sacas la cartera con resignación para darte cuenta de que sólo tienes trescientos veinte. – Si no completa no hay problema joven, déjeme algo de prenda en lo que me trae lo que falta. – Pagas con lo que tienes y dejas tu celular. Te subes al coche y arrancas. Llegando a tu casa subes por más dinero. Buscas en los cajones y en las bolsas de un pantalón tirado en las montañas de ropa sucia y basura que llamas cuarto. No tienes más que los cincuenta pesos que ibas a usar para comprarle un regalo de cumpleaños a tu novia. Ya ni modo, será de a treinta. Los guardas en un bolsillo. Te vuelves a meter al coche y partes hacía la gasolinera. Llegando buscas a José. Le das el dinero y te devuelve tu celular. Pides tu cambio. – Eran cincuenta varos galán –. Te subes a tu coche, volteas a por el retrovisor y lo ves guardando el dinero con una sonrisa.

Pones reversa, giras el volante y sales lentamente. Metes primera. Aceleras a fondo. No piensas nada mientras el espacio entre el coche y José desaparece. Te bajas y ves un líquido carmín mezclado con aceite y gasolina. Recoges tu dinero del bolsillo ensangrentado y mientras lo guardas notas que el líquido llena las ruedas con su color. Ahora si cabrón, llénalo de la roja.
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